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Por | año | autor | región | título
América XXI
Mov. de Solidaridad Bolivariana
Solidaridad con Cuba
Cuba frente a la crisis del primer mundo
El PT-Brasil se apronta a gobernar
Presentación de Crítica de Nuestro Tiempo en Asunción
 

 

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EL MUNDO
De la caída de la URSS al socialismo del siglo XXI
Quince años de Crítica de Nuestro Tiempo
Cristina Camusso

El escenario mundial fue sacudido entre 1989 y 1991 por la conmoción de los fenómenos que culminarían con la caída de los países de Europa del Este y la Unión Soviética. El impacto repercutió en el conjunto de la clase obrera y pueblos de todas las latitudes, en organizaciones y partidos. Y disparó teorías sobre la extinción del proletariado y el fin de las ideologías. En síntesis el triunfo de la dominación (en este número aniversario se hallará un conjunto de artículos al respecto).
Desde la primera edición, las páginas de Crítica asumieron una caracterización neta de la etapa: crisis capitalista de sobreproducción, lucha interimperialista entre los principales centros de poder mundial y el ingreso a uno de los períodos más reaccionarios en la historia de las luchas obreras y populares (1). A contramano de la idea dominante del triunfo final del capitalismo sobre el mapa del mundo. En medio de la ofensiva ideológica y política del imperialismo, la superación del capitalismo no estaba en la visión de futuro de quienes serían víctimas de la expropiación y el saqueo.
Es así como el dato gravitante hasta la actualidad, sería la ausencia del proletariado en el centro del combate con un programa, organización y perspectiva de lucha por el poder. Por el contrario, conceptos, análisis y arsenal teórico de la Revolución serían puestos bajo la lupa del descrédito apresurado y la posmodernidad efímera.

Debates cruciales
Pocos años antes habían quedado planteadas en el ideario marxista y de las izquierdas las grandes líneas estratégicas, de plena actualidad, que configuran los dilemas de la Revolución y el socialismo.
El 20 de octubre de 1984 el Comité Central del Partido Comunista de China definió, en el marco de la reforma de su estructura económica la necesidad de “instituir un sistema de planificación en el que se aplique la ley del valor y desarrolle la economía mercantil socialista”. Y enfatizaba que “ (..) la economía planificada por un lado y la aplicación de la ley del valor y el desarrollo de la economía mercantil por el otro, no deben excluirse recíprocamente, sino ir juntos de la mano. Sería erróneo contraponer lo uno a lo otro” (2). En la misma dirección el informe del entonces secretario general al XIII Congreso del PCCH realizado el 25 de octubre de 1987 proponía “desechar toda interpretación dogmática del marxismo así como todo punto de vista erróneo agregado al marxismo e imprimir, sobre la base de la nueva práctica, un nuevo desarrollo a la teoría del socialismo científico”. Se presentaba como un aporte y un avance en la teoría.
En el mismo período un sector de la cúpula y el partido de la Unión Soviética impulsó (en una pugna de tendencias que abarcaban posturas procapitalistas, de afirmación stalinista y virajes socialdemócratas), una profunda reforma política que revelaría de manera descarnada la degeneración del sistema imperante. Y fundamentalmente la implosión del stalinismo como caricatura del socialismo. 1986 es el año de la Perestroika (reestructuración), encabezada por Mijail Gorbachov, secretario general del Partido Comunista de la URSS. Al romperse la losa burocrática el estallido múltiple mostró también la ausencia de organización y dirección genuina en sentido revolucionario. El avance de la ciencia y la libertad de pensamiento fueron nudos irresolubles para la nomenclatura en la competencia con el imperialismo. La caída de la URSS dejó planteados los dilemas teóricos, políticos y organizativos de la transición, los problemas de la democracia de los trabajadores, es decir, la dictadura del proletariado.
Hacia 1985 Cuba encaró el Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas. El 19 de abril en el acto central por la conmemoración de Playa Girón Fidel Castro explicitó el mecanismo de rectificación. En diciembre de 1986 afirmó: “Los errores y desviaciones no están llevando a Cuba hacia el socialismo y el comunismo sino hacia un sistema peor que el capitalismo”. La rectificación se fundamentó en la “vuelta al Che” que implicaba un proceso de movilización de la sociedad, desburocratización y plena participación. En el centro de las polémicas lanzadas estaba la oposición entre el socialismo y el mercado, entre la planificación y la vigencia del valor capitalista en el funcionamiento de la sociedad. Los escritos económicos del Che serían una de las palancas para afrontar el ciclo que se iniciaba: “entendemos que durante cierto tiempo se mantengan las categorías del capitalismo y que este término no puede determinarse de antemano, pero las características del período de transición son las de una sociedad que liquida sus viejas ataduras para ingresar rápidamente a la nueva etapa. La tendencia debe ser, en nuestro concepto, a liquidar lo más rápido posible las categorías antiguas entre las que se incluye el mercado, el dinero y, por tanto, la palanca del interés material, o, por mejor decir, las condiciones que provocan la existencia de las mismas. Lo contrario haría suponer que la tarea de la construcción del socialismo en una sociedad atrasada, es algo así como un accidente histórico y que sus dirigentes, para subsanar el error, deben dedicarse a la consolidación de todas las categorías inherentes a la sociedad intermedia, quedando sólo la distribución del ingreso de acuerdo al trabajo y la tendencia a liquidar la explotación del hombre por el hombre como fundamentos de la nueva sociedad, lo que luce insuficiente por sí solo como factor del desarrollo gigantesco cambio de conciencia necesario para poder afrontar el tránsito, cambio que deberá operarse por la acción multifacética de todas las nuevas relaciones, la educación y la moral socialista, con la concepción individualista que el estímulo material directo ejerce sobre la conciencia, frenando el desarrollo del hombre como ser social” (Sobre el sistema presupuestario de financiamiento).
Fidel se pronunció de manera tajante en el XXV aniversario del asalto al Cuartel Moncada, en diciembre de 1988: “Lo que sí les puedo decir a los imperialistas y a los teóricos del imperialismo, que Cuba jamás adoptará métodos, estilos, filosofías, ni idiosincrasias del capitalismo. ¡Eso sí lo puedo decir! El capitalismo ha tenido algunos logros tecnológicos, algunos logros en organización, hay algunas cosas de la tecnología, o algunas experiencias organizativas que pueden utilizarse, ¡pero nada más! Socialismo y capitalismo son dos cosas diametralmente distintas, por definición y por esencia”.
Se trataba de algo más que las paradojas y controversias de una época. Estaba en juego el devenir del pensamiento revolucionario, sus organizaciones y su estrategia.

La crisis y su impacto en el pensamiento de izquierda
Tomaremos algunos de los momentos clave en el debate ideológico y político y acontecimientos en el curso seguido por la realidad mundial y latinoamericano-caribeña en particular, que sepultarían a poco andar las quimeras de un capitalismo pujante y de un nuevo orden mundial sustentable. A lo largo de estos quince años, se desencadenaría la arremetida guerrera de Estados Unidos y un cambio cualitativo en el escenario de América Latina y el Caribe. El socialismo reapareció como horizonte del siglo XXI. En ese sentido la dinámica seguida por el Foro de São Paulo (FSP) ha sido un espejo del recorrido de partidos y organizaciones políticas en una década y media. En ese encuadre rescataremos el combate de ideas llevado adelante en las treinta y tres ediciones de Crítica de Nuestro Tiempo.
Como hilo conductor tomaremos el recorrido del FSP desde su potencialidad inicial, al trazar una línea divisoria frente al imperialismo, hasta su declinación, cuando las direcciones hegemónicas de fuerzas fundadoras como el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) y el Frente Amplio uruguayo fueron ganadas por la gobernabilidad burguesa (3).
La respuesta del capitalismo a la etapa de crisis aguda, el llamado neoliberalismo, se desplegó en el escenario inédito de la ausencia política de los trabajadores. Las masas obreras, campesinas, marginalizadas, las juventudes, las mujeres, los pueblos originarios, reaccionaron a la crisis desde una situación de transición en sus representaciones políticas, sociales y sindicales.
Una disputa estratégica se abrió por la conquista de las conciencias de las masas entre la socialdemocracia, la democracia cristiana y el marxismo. A la que se sumaría la reaparición del eclecticismo en todas sus variantes. La protesta surgiría sin continuidad con el ciclo histórico de luchas obreras en el continente, ese hilo estaba cortado y lo estaría por todo un período.
En el sentido más amplio, la izquierda afrontó desafíos claves en los años posteriores al derrumbe de la URSS. La situación de tránsito, de combates internos y relaciones de fuerzas circunstanciales alcanzaron perfiles más netos hacia fines de los 90 y principios del nuevo siglo.

El itinerario del foro de São Pablo
La izquierda de América Latina y el Caribe colocó una línea de diferenciación entre dos momentos. Su expresión fue el Encuentro de partidos y organizaciones de izquierda de América Latina y el Caribe convocado por el Partido de los Trabajadores de Brasil entre el 2 y el 4 de julio de 1990 (4). El otro pilar estaba en el Partido Comunista de Cuba. El Encuentro fue la reacción de un sector de la izquierda frente al quiebre, virajes y el revisionismo de organizaciones y dirigentes de la izquierda en el mundo que ingresaron de lleno en la conciliación de clases y/o el oportunismo. Ante ese pasaje a la ideología dominante uno de los objetivos era la búsqueda de ejes programáticos y organizativos comunes.
Desde la experiencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) en 1967 motorizada por la Revolución Cubana, no había surgido un centro de gravitación con fuerza de masas capaz de realizar un llamamiento al conjunto. Ese papel lo cumplió el PT brasileño. Veintitrés años después de aquella iniciativa otro era el cuadro.
Las consecuencias del fenómeno dialécticamente dual de la caída de la URSS permanecen hasta hoy. El hecho positivo del quiebre de la losa stalinista fue al mismo tiempo una derrota del proletariado y oprimidos del mundo. La debacle no fue producto de las masas organizadas y conscientes en el reclamo de avanzar en el socialismo. Cabe señalar hasta dónde el error en esta caracterización selló la suerte de partidos y organizaciones. El derrumbe abrió la compuerta al imperialismo y el aluvión sembró la despolitización generalizada y el desarme político y moral de las conciencias y las voluntades en las ideas de la Revolución y el socialismo.
Estas discusiones estaban presentes al interior de la mayoría de las organizaciones y partidos reunidos. La pluralidad estaba en que grandes fuerzas contenían en su interior el debate entre reforma y revolución y en muchos casos la prédica revolucionaria no era asumida en la acción política. Las posturas oscilaban entre quienes veían al capitalismo fuerte y triunfante y quienes (como las posiciones vertidas en Crítica), percibían un debilitamiento estratégico y fortalecimiento coyuntural del imperialismo. Y el PT, por integrar a todas las corrientes y tendencias de la izquierda latinoamericana, era de hecho en aquel momento una síntesis de todo el arco presente. La convergencia se daba también en un momento en el cual Estados Unidos delineaba el mercado único de Alaska a Tierra del Fuego, bajo su control.
Este Encuentro y los subsiguientes se convirtieron en un termómetro de los cambios en las relaciones de fuerzas sociales y políticas en el continente, del devenir contradictorio de muchas de las organizaciones componentes y de la situación abierta con la irrupción de la Revolución Bolivariana a fines de los 90, la conformación del Foro Social Mundial a comienzos del nuevo siglo y la llegada al gobierno de partidos como el PT y el Frente Amplio en Uruguay. Con un nuevo hito en enero de 2006: el acceso a la presidencia de Evo Morales en Bolivia. Cuba ha expresado, en soledad (acompañada por organizaciones y equipos de envergadura política dispar), la defensa del cuerpo ideológico-teórico-político creado por los trabajadores del mundo a lo largo de dos siglos y la defensa de una sociedad donde el lucro no es el eje de la vida.
La segunda reunión de partidos y organizaciones de izquierda, en México, donde tomaría el nombre de Foro de São Paulo, tradujo un cambio significativo. La idea de que se asistía a una victoria del capitalismo estaba en el centro de las polémicas, junto al desconcierto por el supuesto fracaso del socialismo, se creía asistir a una era de crecimiento y estabilidad en el marco imbatible e inapelable del sistema burgués. El reformismo crecía en organizaciones que ingresaban el campo político luego de años de lucha militar como el FMLN, el FSLN y la noción de democracia sin contenido de clase ganaba espacio, avanza en la formulación y en la práctica política de partidos y dirigencia.
El clima imperante en la reunión del FSP en Nicaragua, al año siguiente, era distinto. Los datos confirmaban que las democracias no se profundizaban. Venezuela era un paradigma, con Carlos Andrés Pérez, el gran exponente de la socialdemocracia, desencadenó con su política el Caracazo. Haití y Perú sumaban a una dinámica de conflictividad creciente. La Declaración de Managua consolidó al FSP como organización regional estable de carácter antiimperialista y en sentido global anticapitalista. Pero marcó la tensión entre posturas reformistas y revolucionarias y mantuvo un equilibrio, ante la imposibilidad de prevalencia de una posición sobre la otra. Con todas sus debilidades, la importancia del FSP estaba en el hecho mismo de su existencia y muy especialmente en la decisión de un conjunto heterogéneo ideológica y políticamente de no alinearse con el enemigo imperialista. Sin duda las imágenes de la guerra de Irak en 1991, como antesala de un porvenir no lejano, contribuyeron a empujar a fuerzas reformistas y populistas a una convergencia con organizaciones revolucionarias.
Si bien desde el comienzo participaron fuerzas de distintos continentes, toda la izquierda mundial estuvo presente en Managua. No existía en esa fecha organización ni centro político capaz de generar un acontecimiento de esas dimensiones. Estaban en curso los procesos de paz en El Salvador y Guatemala, intentos en Colombia, frente a los cuales el FSP decidió participar y enviar delegaciones. Era una voz antiimperialista en el escenario internacional, con una clara definición contra la política de intervención de Estados Unidos.
La reunión en La Habana en 1993 marcó un punto de inflexión en varias direcciones. Así como la primera reunión en San Pablo había estado signada por el derrumbe del socialismo real, el de México por la sensación de un capitalismo triunfante, el desarrollo sustentable y una estabilidad global, en Managua ese análisis fue desdibujado por el hecho palpable de la recesión en los países desarrollados y su manifestación en los países del Tercer Mundo, en Cuba el signo político estuvo dado por la posibilidad real de que partidos integrantes del FSP accedieran al gobierno. Era el caso del PT y el Frente Amplio uruguayo. 112 partidos y organizaciones de izquierda de América Latina y el Caribe, 72 observadores e invitados de América del Norte, Europa, Asia y África estuvieron presentes en las jornadas.
Cuba atravesaba el período especial, particularmente difícil y riesgoso. En ese momento se implementaba la despenalización de la tenencia de divisas y el propio Fidel fue claro al señalar que no estaban avanzando en el socialismo, sino que se trataba de defender “las conquistas del socialismo”. Dos ejes fueron predominantes en los debates: el enfrentamiento al neoliberalismo y la solidaridad con Cuba. Los temas abordados en La Habana han sido líneas de debate y acción en todo el continente: el costo social del ajuste, la desregulación del Estado, las privatizaciones, la deuda externa, las consecuencias del desmantelamiento de la salud, la educación, el desempleo, el saqueo de las riquezas naturales y el patrimonio nacional (gas, petróleo, agua). Temáticas traducidas en la multiplicación de la lucha del movimiento de masas en todas las geografías. Una Declaración firmada por las mujeres participantes del FSP retomó discusiones precedentes y puso en evidencia el mantenimiento de la cultura patriarcal en partidos y organizaciones de la izquierda latinoamericana y caribeña. Los delegados, mayoritariamente masculinos, no reflejaban la participación plena de las mujeres en las luchas de América Latina y el Caribe. La problemática sería asumida a partir de entonces en los Foros subsiguientes.
En su intervención en el Foro, Fidel enfatizó: “La batalla prioritaria es –a mi juicio- derrotar al neoliberalismo, porque si no derrotamos al neoliberalismo desaparecemos como naciones, desaparecemos como Estados independientes y vamos a ser más colonia de lo que nunca lo fueron los países del Tercer Mundo”.
El V Encuentro del FSP realizado en Montevideo en mayo de 1995 tuvo como antecedente la irrupción zapatista el 1º de enero de 1994 en la localidad mexicana de Chiapas, en paralelo a la firma del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, México y Canadá. La coincidencia expresaba la reaparición del reclamo social en el nivel de confrontación de las armas y la voluntad de lucha nunca acallada. Retomaba un debate que colocaría en el centro la cuestión del poder. Contradictoriamente, el zapatismo habría de potenciar una línea de pensamiento que llegaría a teorizar la perspectiva de que no hay que tomar el poder.
La denuncia de la deuda externa que estuviera diluida y tildada por las vertientes socialdemócratas de voluntarismo y ulraizquierdismo reapareció con virulencia. Un tema central (y premonitorio de la situación vivida hoy especialmente por el PT y el Frente Amplio) fueron las discusiones acerca del callejón sin salida que deberían enfrentar las fuerzas con posibilidad de alcanzar el gobierno si no estaban dispuestas a tomar medidas anticapitalistas. El FSP trasuntaba la temperatura de las luchas sociales incrementadas en el continente. No obstante, la tensión en la relación de fuerzas internas se mantenía. La idea no saldada de “profundizar la democracia” desde fuera o dentro de gobiernos burgueses (que equivale al compromiso con la política del enemigo) reaparecía una y otra vez.
Otro emergente detonaba, aún imperceptible para la mayoría de las corrientes marxistas y de izquierdas del continente. En Crítica nº 11 de julio-septiembre de 1995, señalábamos, bajo el título “Las fuerzas armadas en el nuevo escenario continental”: “A fines de 1994 el teniente coronel Hugo Chávez, conocido por haberse levantado en armas contra el gobierno socialdemócrata de Carlos Pérez en 1992, visitó Cuba. En Argentina Chávez ha sido presentado como la expresión venezolana de los militares ultraderechistas comandados por Mohamed Seineldín y Aldo Rico, conocidos como carapintadas (NR: por haberse alzado con las caras pintadas contra el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín entre 1988 y 1990). El discurso que se reproduce a continuación, así como diversas manifestaciones suyas en una reciente visita a Argentina, indican que se trata de un fenómeno diferente. El carácter específico de ese fenómeno está aún por verse. No cabe duda, en cambio, que se trata precisamente de un caso particular que se inscribe en un fenómeno necesariamente general, que con características particulares tomará cuerpo en todo el continente. La omisión de este dato de la realidad es un signo de la singular pérdida de perspectiva estratégica de buena parte de la izquierda latinoamericana. No es el caso de Fidel Castro, que en su discurso de bienvenida al militar venezolano replantea, en las condiciones concretas de la realidad continental de fin de siglo, la conducta clásica de los revolucionarios marxistas frente a estas expresiones de resquebrajamiento del aparato estatal burgués”.
El Salvador fue la sede del VI Encuentro del FSP en julio de 1996 con la temática de la crisis y las alternativas al neoliberalismo, pero fue en agosto de 1997 en el Encuentro de Porto Alegre donde recrudeció la polémica entre el reformismo y el proyecto revolucionario. Una fase se había cumplido desde la caída de la URSS, cuando se precipitaba el abandono de principios y el aislamiento. Porto Alegre fue revelador por lo que indicaba respecto al desenvolvimiento de partidos con fuerte caudal electoral. En Montevideo un debate duro había sido el concepto de “fortalecer el Estado”, en contraposición al supuesto propósito neoliberal de debilitarlo. En aquella ocasión fue eliminada la expresión de la Declaración Final.
La polémica no era menor. La sola propuesta de fortalecer el Estado lleva a ingresar al terreno de la conciliación de clases y cambiar la estrategia de la revolución por la de reforma. A dos años, la necesidad de partidos con peso electoral de plantear un programa de gobierno sin romper el marco del sistema provocó la introducción del concepto. Con una aceleración de actitudes tendientes a replantear drásticamente el carácter del FSP o incluso reemplazarlo. Tal fue el caso del Partido Socialista de Chile que, aun cuando no asistió a Porto Alegre, en un Encuentro previo de ese arco afín de ideas planteó el imperativo de asumir una política de alianzas con fuerzas políticas denominas de centro y centroderecha para facilitar el acceso al gobierno en varios países. Si bien el intento no prosperó, esa ofensiva estaba abierta y tenía peso real.
Un cambio se verificaba en relación con la etapa inicial del FSP. Si la realidad vigente desde fines de los 80 hizo imprescindible buscar la convergencia en la diversidad más amplia del campo de las izquierdas, a fines de los 90 era imperativo eludir toda ambigüedad y trazar una línea de diferenciación neta. Las fuerzas integrantes del FSP presentaban dos campos en conflicto: aquellas comprometidas con la “gobernabilidad” en el marco del sistema vigente y, las que asumían una estrategia contra el capitalismo. El desafío estaba para las corrientes revolucionarias, la necesidad de articular una línea política de masas para plantarse como opción ante los pueblos acosados por la crisis capitalista. Permanecía como un rasgo del FSP desde sus comienzos, el hecho de que la bandera de la revolución estaba como expresión de sectores internos de partidos cuyas direcciones alineaban un compromiso cada vez mayor con la política conciliacionista. La gran tarea del período era convertir esa decisión en fuerza organizada y capacidad de acción a nivel continental.
El escenario en que discurrían los debates estaba atravesado por la permanencia de las FARC colombianas, el levantamiento zapatista, los posibles triunfos electorales de la izquierda en Suramérica, la incorporación del movimiento revolucionario centroamericano a la participación político partidaria, con logros importantes en la representación parlamentaria (Nicaragua, El Salador, Guatemala), la fuerza de organizaciones campesinas como el Movimiento Sin Tierra de Brasil y análogas en Paraguay, Ecuador, entre otras.

Renacer antimperialista
En mayo de 1998 reapareció el fenómeno de la insurrección revolucionaria. Indonesia fue el foco. Como reacción a la aplicación de las medidas del Fondo Monetario Internacional (FMI), los estudiantes universitarios tomaron la vanguardia del movimiento social a los que se sumarían obreros y campesinos.
India y Pakistán demostraron la inconsistencia de las argumentaciones que contraponían el proceso de globalización a la existencia misma de los Estados nacionales. India fue la prueba de que bajo control imperialista los avances en la internacionalización (propio del capitalismo desde su génesis), lejos de unificar al mundo lo fractura y lejos de borrar las cuestiones nacionales las exacerba. Lejos de neutralizar la lucha antiimperialista la coloca en un plano central. Las explosiones nucleares en India seguidas por las de Pakistán y el lugar de China como potencia creciente, replantearon el cuadro de situación internacional en una dinámica de choque acelerado en términos de imperialismo-nación.
Meses después ocurría otro tembladeral en la escena mundial. El 27 de octubre de 1998 irrumpió la crisis del sudeste asiático. La contraofensiva ideológica del imperialismo había tenido hasta entonces un apoyo material. La aparición de los “países emergentes” parecía dar respaldo en algún punto a los defensores del capitalismo. El desplome de Tailandia, seguido por Malasia, Indonesia, Filipinas, Korea del Sur, Taiwan, culminado con la crisis en Hong Kong, puso una lápida a la imagen de los “tigres asiáticos” como alternativa para los países atrasados y dependientes. Se desplomaba el espejismo de crecimiento con profundización de la democracia y desarrollo sustentable. Por el contrario, la expresión del entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Alan Greenspan, “exhuberancia irracional de los mercados”, daba cuenta de la burbuja de la especulación financiera. La eclosión de esos países abrió la posibilidad de retomar la iniciativa en la lucha ideológica en otro plano. La oleada de sentimiento antiimperialista que invadió esa región se desplazaría hacia América Latina.
Fue precisamente en América Latina donde hizo punta con el fenómeno político de la Revolución Bolivariana, con Hugo Chávez en la presidencia. Un claro indicador de una realidad latente, con su especificidad, en todos los países del continente: la crisis de los partidos burgueses y una nueva situación del movimiento popular. El centro gravitante con peso movilizador de masas pasaría a centrarse cada vez más en Venezuela. Por su parte Cuba podía mostrar la victoria de su resistencia. Una derrota más de Estados Unidos y lacayos políticos e intelectuales que vaticinaron el derrocamiento de Fidel y el quiebre del socialismo cubano.
Como contrapartida y con efectos negativos sobre todas las fuerzas políticas del continente se consumaría el viraje del PT de Brasil. El giro a la derecha que el sector hegemónico de su dirección, iniciado en 1995 (luego de la derrota electoral a manos de Fernando Henrique Cardoso), llegó al punto de transgredir lo que había sido una regla inamovible en la tradición petista, la democracia interna.
El programa de gobierno del PT ingresó a la “gobernabilidad”, con bases pseudodesarrollistas, en una clara apertura hacia la burguesía brasileña. La izquierda no pudo alcanzar su cohesión ni unificarse detrás de una política común que pudiera contraponer la dinámica de la mayoría. Esa limitación se extendió a la imposibilidad de llevar adelante una tarea que surgía como necesidad de la etapa: convocar a sus pares latinoamericanas y caribeñas a un proceso de recomposición.
La imposibilidad de convivir en un mismo partido se hizo manifiesta aún cuando la ruptura, llegaría luego de que el PT asumiera el gobierno con la figura de Lula como presidente en enero de 2003. En definitiva, cuando comenzara a implementar el programa económico de la burguesía.

Otro escalón en la afirmación teórica
En el marco de los 40 años de la Revolución Cubana, Fidel se ubicó una vez más en el centro de la lucha teórico-política frente al tema de la globalización al explicar que era un fenómeno “inexorable”. El problema estaba en el signo capitalista del fenómeno globalizador. Y definió como perspectiva emancipadora, la globalización socialista. De ahí que crear conciencia y la batalla de ideas serían parte de los grandes desafíos históricos.
El 13 de diciembre de 1997 en el X período de sesiones de la IV Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular en el Palacio de las Convenciones expresó que: “la globalización es un fenómeno inevitable. Eso es el resultado de la tecnología, de los medios modernos de transporte, de comunicación, de los avances científicos del mundo (..) no somos nacionalistas, no es el nacionalismo nuestra idea esencial aunque sí amamos profundamente nuestra patria. Nos consideramos internacionalistas y el internacionalismo no está reñido con el amor a la patria, con la tierra que ve nacer al ser humano. Hablaba por eso de la identidad. Ni el amor a la tierra en que se nació es incompatible con un mundo unido y con una globalización, de otro carácter que yo llamaré socialista”.
Desde México la réplica fue planteada por el zapatismo en la figura de su dirigente Marcos: “¡Silencio! Nada se puede hacer, es la fatalidad de la globalización imponiéndose en silencio inapelable y en religioso conformismo. No debe preocuparnos que esta resignación ya ha llegado hasta La Habana, sino que la destrucción de las Naciones, (que aparejada, esa sí irremediablemente a la globalización) se nos presenta como algo evidente, natural, incuestionable y sin contradicciones”. No es un debate nuevo. La contraposición entre entender la tendencia del sistema a la ampliación constante del mercado como algo inherente al capitalismo, o afirmarse en el carácter regresivo de la defensa de los localismos (lo que no implica como señala Fidel desafección ante las propias raíces), no sólo pone en juego la cuestión teórica del funcionamiento objetivo del capitalismo, sino que tiene un correlato político, el localismo deviene regresivo en el planteamiento de la cuestión del poder.
En la Ideología Alemana, Marx y Engels analizaban en 1846 la internacionalización del mercado y el avasallamiento del capital de todo localismo:
“(..) este desarrollo de las fuerzas productivas (que entraña ya, al mismo tiempo, una existencia empírica dada en un plano histórico-universal, y no en la vida puramente local de los hombres) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez, y por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la inmundicia anterior, y, además, porque sólo este desarrollo universal de las fuerzas productivas lleva consigo un intercambio universal de los hombres, en virtud de lo cual, por una parte el fenómeno de la masa desposeída se produce simultáneamente en todos los pueblos (competencia general), haciendo que cada uno de ellos dependa de las conmociones de los otros y, por último instituye a individuos histórico-universales, empíricamente mundiales, en vez de individuos locales. Sin esto, 1) el comunismo sólo llegaría a existir como fenómeno local; 2) las mismas potencias del intercambio no podrían desarrollarse como potencias universales y, por tanto insoportables, sino que seguirían siendo simples circunstancias supersticiosas de puertas adentro, y 3) toda ampliación del intercambio acabaría con el comunismo local (..) Por tanto, el proletariado sólo puede existir en un plano histórico-mundial, lo mismo que el comunismo, su acción, sólo puede cobrar realidad como existencia histórico-universal. Existencia histórico-universal de los individuos, es decir, existencia de los individuos directamente vinculada a la historia universal”.

Fin de una era política
A diferencia de 1991, aparecía con mayor nitidez y los hechos lo avalaban, que lo que estaba en crisis era el capitalismo. Y se abría otra oportunidad en la perspectiva revolucionaria.
Tres hechos delineaban la dimensión de los cambios en el terreno internacional: la guerra contra Yugoslavia, lanzada el 24 de marzo de 1999, era la guerra en el corazón de Europa, el polvorín de los Balcanes y el cambio de naturaleza de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) el 24 de abril de ese año. La conversión de la OTAN, luego de cincuenta años, implicaba que ampliaba su jurisdicción a todo el mundo y, de instrumento militar defensivo, pasaba a ser fuerza ofensiva.
En terreno latinoamericano, la sublevación de masas en Ecuador puso al Estado al borde de la desarticulación. Mostró también la necesidad de dar cauce político a los movimientos sociales e hizo resurgir los debates en torno a la noción histórica de la inviabilidad de una revolución conducida por fracciones de la burguesía. Y Venezuela sepultaba, el 6 de diciembre de 1998 a los dos partidos que durante cuarenta años habían gobernado el país. Como parte de su estrategia revolucionaria Chávez daría nuevo vigor a la OPEP. El vaciamiento de las instituciones corruptas y de la estructura partidaria vigente, habría de explotar de distintas formas en todos los países. Además, la asunción durante las últimas dos décadas del programa de crisis capitalista por parte de los movimientos burgueses nacional-populistas (PRI en México, el APRA en Perú, el MNR en Bolivia, el puntofijismo en Venezuela, el peronismo en Argentina), precipitó la desagregación de estas organizaciones. El caso ejemplificador sería el quiebre de Argentina en todos los planos, económico, político-institucional, cultural, moral, en diciembre de 2001.
Las sesiones del X Encuentro del Foro de São Paulo en Managua, capital de Nicaragua en febrero de 2000, tuvieron esa convulsión como escenario. A diez años de su constitución, la importancia del FSP estaba en haberse sostenido a lo largo de la década del saqueo imperialista de los 90. El tema controversial fue la conformación de alianzas progresistas en un cuadro donde el agravamiento de la crisis económica impedía sostener la ficción democrática. Se trataba del agotamiento neoliberal como cuerpo conceptual y receta económica y la búsqueda de reemplazo rescataba fórmulas keynesianas.
Hacia mediados de 2000 comenzaba a gestarse un nuevo eje político en América Latina: Venezuela y Brasil iniciaban la búsqueda de una convergencia suramericana. En especial frente a la ofensiva imperialista de control anexionista de los mercados latinoamericanos y caribeños a través del ALCA y el Plan Colombia como mecanismo de militarización a manos de Estados Unidos.
Como expresión de las formas de resistencia de los años 90, en especial las manifestaciones de protesta de Seattle en 1999 y los movimientos antiglobalización (neoliberal) en Estados Unidos y Europa, una diversidad de organizaciones, culturas políticas, movimientos campesinos, de juventud, de mujeres, neoanarquistas, ONGs, intelectuales, una pluralidad ideológica convergió en las calles de manera paralela a las reuniones de la ONU y otros organismos multilaterales. Fue la antesala del Foro Social Mundial (FSM), idea nacida en Europa en el año 2000 (por iniciativa de una franja de la socialdemocracia europea y apoyo de gobiernos de la Unión Europea). La primera sede fue la ciudad brasileña de Porto Alegre en enero de 2001. Se trataba de una instancia de confluencia social, no de partidos o dirigencia política. Su declaración de principios definía al FSM como instancia de coordinación descentralizada y en red. La restricción a la política partidaria y movimientos de liberación armados, generó conflictos, como la prohibición de la presencia de Fidel Castro y de las FARC colombianas, afirmados en la naturaleza pacífica de los principios del FSM. Era el reflejo de la despolitización, las visiones antipartido y antiorganización, la falsa polarización entre lo social y lo político, que ganaron a amplios sectores militantes, de las juventudes y pequeña-burguesía. No obstante, la dinámica latinoamericana introdujo rápidamente la necesidad de pronunciarse ante la agresión imperialista, puso en cuestión el papel del FSM como mero laboratorio de ideas y espacio folklórico y la urgencia de organizarse para afrontar los retos del momento.
El Foro de São Paulo realizado en diciembre de 2001 en Cuba tuvo como escenografía el atentado terrorista del 11 de septiembre de ese año a las torres del Centro Mundial del Comercio en Nueva York. El golpe en el núcleo del poder económico y con peso simbólico decisivo, trastocó la imagen del imperialismo en todo el mundo en tanto potencia invulnerable. Estados Unidos perdía la iniciativa y comenzaba a retroceder, lo que no significaba desconocer la magnitud de su fuerza. Los atentados desencadenarían la represalia militar y la espiral guerrera estadounidense. Las imágenes de víctimas civiles y del pueblo de Estados Unidos, a fuego cruzado entre la práctica del terror y el imperialismo que los gesta y alimenta, puso a prueba definiciones teóricas y políticas decisivas, la distancia entre la política marxista revolucionaria y el terrorismo.
El gobierno de Cuba, el Partido Comunista cubano y Fidel tomaron posición de inmediato. El 22 de septiembre de 2001, en un discurso pronunciado en la Tribuna Abierta de la Revolución en San Antonio Baños, Fidel expresó: “Cualesquiera que fuesen las causas profundas, los factores de orden económico y político y los grandes culpables que lo trajeron al mundo, nadie podría negar que el terrorismo constituye hoy un peligroso fenómeno, indefendible desde el punto de vista ético, que debe ser erradicado. Es comprensible el estado de irritación unánime por el daño humano y psicológico causado al pueblo norteamericano por la muerte sorpresiva e insólita de miles de inocentes ciudadanos, cuyas imágenes estremecieron al mundo. ¿En beneficio de quiénes? De la extrema derecha, de las fuerzas más retrógradas y derechistas, de los partidarios de aplastar la creciente rebeldía mundial y arrasar con todo lo que quede de progresista en el mundo. Fue un enorme error, una colosal injusticia y un gran crimen, sean quienes fueren los organizadores y los responsables de tal acción”.
El 29 de septiembre, en Ciego de Ávila ratificó que: “El terror fue siempre instrumento de los peores enemigos de la humanidad para aplastar y reprimir la lucha de los pueblos por su liberación. No puede ser nunca instrumento de una causa verdaderamente noble y justa. A lo largo de la historia, casi todas las acciones por alcanzar su independencia nacional, incluidas las del pueblo norteamericano, se llevaron a cabo mediante el empleo de las armas, y nadie cuestionó ni podría cuestionar jamás ese derecho. Pero el empleo intencionado de las armas para matar a personas inocentes como método de lucha es absolutamente condenable y debe ser erradicado como algo indigno e inhumano, tan repugnante como el terrorismo histórico de los Estados opresores”.
Consciente de los “oscuros nubarrones” que se divisaban “en el horizonte del mundo” explicitó: “No hablo en nombre de país alguno del mundo pobre y subdesarrollado. Lo expreso por convicción profunda y a partir de la tragedia que sufren estos pueblos, que fueron explotados y humillados durante siglos y donde, aun sin guerra, la pobreza y el subdesarrollo heredados, el hambre y las enfermedades curables matan a millones de personas inocentes cada año. Para esos pueblos, salvar la paz con dignidad, con independencia y sin guerra es piedra angular de la lucha que unidos debemos librar por un mundo verdaderamente justo de pueblos libres”.
El mundo asistía al agotamiento de la ofensiva estratégica del capitalismo imperialista lanzada hacia fines de los 70, victoriosa a fines de los 80 y dominante en los 90. Culminaba el período en que la burguesía imperialista estadounidense pudo mostrarse al mundo como defensora de la democracia burguesa.
La amenaza de nuevos atentados, permitió al gobierno de Estados Unidos justificar el recorte de las libertades civiles y democráticas dentro del mismo país. Los atentados y la respuesta del imperialismo humillado trazaron una frontera entre dos períodos. Ahora marchaba, sin máscaras, tras la bandera de la guerra (5).
La escalada, multifacética, se expresó en la invasión y bombardeos a Afganistán e Irak, el desembarco militar pasó a ser “guerra preventiva” y el asesinato de personas “daños colaterales”. La amenaza sistemática se extendió a Siria, Irán, Corea del Norte, ubicados en una lista de condenados como “ejes del mal”. La Triple Frontera (Argentina, Brasil y Paraguay), Cuba, Venezuela, Bolivia, ingresarían con premura al circuito de zonas y países demonizados. Para Medio Oriente y Líbano estaba listo el brazo armado del Estado de Israel. Los detenidos en Guantánamo, la masacre en la población irakí de Hadita, las cárceles de Abu Ghraib y las prisiones secretas de la CIA en Europa, han sido la muestra de la ignominia y la decadencia del imperialismo de Europa y Estados Unidos. Una vez más, el imperialismo ratificaba la imposibilidad material de resolver la crisis de sobreproducción sin apelar a la violencia. Vale recordar el análisis de Marx y Engels en el Manifiesto comunista de 1848 al señalar respecto a las crisis de sobreproducción: “¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía? De dos maneras. Destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos. ¿De qué modo lo hace pues? Preparando crisis más extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas”.
En los debates del FSP en La Habana este ciclo estaba en sus comienzos. Con la participación de 513 delegados e invitados los ejes fueron la defensa de los cinco patriotas cubanos presos en las cárceles de Estados Unidos, el auge de los sentimientos antiimperialistas a nivel mundial, la reiteración de la condena a las consecuencias catastróficas del neoliberalismo y en especial el rechazo al ALCA. Y el apoyo necesario para el gran emergente: la Revolución Bolivariana. A propuesta del delegado de la Unión de Militantes por el Socialismo de Argentina, el FSP discutió y aprobó el envío de una Comisión a Caracas, decisión que nunca se concretaría.
La condena al terrorismo precipitó la discusión sobre la no criminalización de los movimientos populares y de liberación por mejores condiciones de vida, la independencia y la soberanía de sus pueblos. En esa dirección se planteaba que la lucha que han desarrollado el FSLN de Nicaragua, el FMLN en El Salvador, las FARC en Colombia, no es terrorismo. Hubo un gran peso de la apelación a no abandonar los principios y evitar caer en la postura de hacer a la izquierda potable para Estados Unidos y los dueños de los capitales locales.

Suramérica como vanguardia internacional
El 11 de abril de 2002 Estados Unidos apuntó de manera directa a Venezuela y con el brazo ejecutor de la burguesía y la oligarquía venezolanas promovió un golpe de Estado. En solo dos días, una movilización popular revirtió el golpe. Una derrota para Estados Unidos, que se reiteraría entre diciembre de ese año y febrero de 2003, cuando la acción convergente de trabajadores, población y fuerzas armadas, quebrara el sabotaje petrolero.
El viernes 12 de abril de 2002 Crítica de Nuestro Tiempo había convocado a un acto en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) como parte de un plan de difusión de la realidad venezolana que contrarrestara la manipulación de los medios de comunicación y el desdén de las izquierdas frente a la revolución en curso. La actividad en Buenos Aires se convirtió, con más de 500 participantes y un arco de personalidades de la política, la cultura y la intelectualidad, en el repudio a los hechos golpistas, la defensa de la democracia bolivariana y la exigencia de resguardar de la vida del presidente Chávez. A los quince días, organizado también por Crítica, tendría lugar en el Auditorio del Rectorado de la UBA una Conferencia a cargo de Guillermo García Ponce, coordinador en ese momento del Comando Político de la Revolución. Chávez había sido restituido por la respuesta movilizadora y popular. La lección del pueblo venezolano representó un ejemplo de incalculable valor y una victoria inapelable frente a Estados Unidos.
El nuevo cuadro de situación se expresó en los debates de partidos y organizaciones del Foro, pero paradojalmente el nuevo clima se reflejaba en un desplazamiento de fuerzas importantes hacia la gobernabilidad y la conciliación. En diciembre de 2002, el XI Encuentro del FSP en Guatemala iniciaba la segunda década de su existencia. El documento base, estaba muy lejos de una propuesta de confrontación acorde con la situación imperante; planteaba una visión latinoamericana, retomaba los datos de la crisis, el peso de la deuda externa, la “inviabilidad neoliberal y la necesidad de un nuevo orden justo y capaz de habilitar un desarrollo equilibrado y ecológicamente sustentable”. Aun así, la certeza de que Estados Unidos colocaba al mundo al borde de la guerra, remarcó la postura por la lucha por la paz, la soberanía nacional y la autodeterminación de los pueblos, junto a la consideración de la crisis en Argentina y en la región Sur. Las perspectivas abiertas para las fuerzas progresistas en el terreno electoral estaban en primer plano. La reunión estaba impregnada por el acceso de Lula al gobierno brasileño y el tono dominante era la gobernabilidad. Y el FSP era saludado como “embrión de un nuevo y democrático poder mundial de la sociedad civil organizada”. Las tensiones al interior entre este avance y las expresiones que persistían en una línea revolucionaria, se tradujo en la imposibilidad de reunir al FSP hasta julio de 2005, nuevamente en San Pablo.

La unidad suramericana
El avance ideológico y político de la Revolución bolivariana aceleró el fenómeno en curso de la convergencia de un bloque de países objetivamente contrapuesto a Estados Unidos en la región. El punto de partida de esa transición no expresaba la respuesta socialista del proletariado y su vanguardia revolucionaria marxista a la crisis del sistema capitalista. No era el resultado de la clase trabajadora para sí. Los cambios que determinaron el viraje del curso político general de la región, han tenido en su base la reacción de las burguesías locales ante el avance del imperialismo sobre su apropiación de la plusvalía. Y han expresado la presión desigual por su nivel de unidad, conciencia y organización, de las masas latinoamericanas. Es esta realidad compleja la que se expresó en las victorias contra Estados Unidos: el fracaso del ALCA en la Cumbre de las Américas en noviembre de 2005 en Mar del Plata (con la presencia de Chávez en el Estadio marplatense en un acto político de masas, la realización simultánea de la Cumbre de los Pueblos y una marcha multitudinaria contra Bush); la creación de una aún débil Comunidad Suramericana de Naciones; y el ingreso de Venezuela al Mercosur en la reunión de mandatarios en Córdoba en julio de este año.
La asunción de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, sumó una cabeza más a la perspectiva revolucionaria. Un ejemplo contundente fue la decisión del mandatario boliviano, de nacionalizar este año los recursos energéticos en una fecha simbólica para la clase trabajadora: el 1º de mayo. Disparó así el debate sobre la recuperación de las riquezas naturales, en especial el petróleo en los pueblos del Sur.
El imperialismo respondió con múltiples presiones en todos los planos para doblegar gobernantes, funcionarios y países; uno de sus instrumentos ha sido la firma de Tratados de Libre Comercio. Pese a los intentos, no pudo alcanzar su objetivo: la fragmentación de Suramérica. Pero la batalla está en curso. Como parte del combate estratégico y político, Cuba y Venezuela habían firmado, el 14 de diciembre de 2004, y este año lo hizo Bolivia, la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA). En esta ocasión, los tres países firmaron el Tratado de Comercio de los Pueblos, con un criterio solidario y de complementariedad. El ALBA expresa el proyecto de integración política a partir de la soberanía, la organización y conciencia de los obreros, campesinos, jóvenes, mujeres, estudiantes y los movimientos de masas tras el objetivo de la Unión de Naciones Suramericana.
De hecho, el nuevo Mercosur surgido en julio último con el ingreso de Venezuela significó, además de acuerdos estratégicos en infraestructura, energía (que incluso implica negocios privados de las burguesías), avances regionales en propuestas de moneda común, Banco regional, coordinación política. Y la propuesta del mandatario bolivariano de plantearse, ante la actitud bélica de Estados Unidos, una defensa común.
La audacia estratégica de Chávez encuentra un arco de gobiernos que oscila entre un capitalismo humanizado, con perfil desarrollista-keynesiano y la ilusión del despegue de la burguesía nacional, el reformismo evolutivo y formas regresivas y retardatarias, que aparecen en gran medida de manera combinada. En síntesis, expresiones directas o indirectas de la política del capital. La propuesta de humanizar el capitalismo y el intento de avanzar al socialismo por medio de reformas, desemboca, como ha demostrado la historia, en fracaso y abriendo la compuerta a la derecha. Distante de la postura que reafirma la idea de que es posible alcanzar un nuevo nivel de vida de la población, desarrollo y crecimiento en el marco del capitalismo, es el proceso complejo y caótico de la transición, que implica el combate entre la permanencia de mecanismos capitalistas, con la perspectiva de la socialización de los medios de producción, la cultura y la política.
En un marco de desagregación de las corrientes revolucionarias, no es casual que ingresen nuevamente al ruedo las nociones desarrollistas-keynesianas que proponen apuntalar al Estado sin cuestionar las bases del capitalismo. Una vez más está planteada la lucha estratégica, no ya entre reforma y revolución, sino entre socialismo o barbarie. Es desde esta confrontación teórica que adquiere su mayor significación el papel de Chávez al plantar la bandera del socialismo.
Ubicado en esa batalla de ideas, el 30 de enero de 2005, en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, Chávez definió una línea para el continente: “Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo (..) al capitalismo hay que trascenderlo por la vía del socialismo, por esa vía es que hay que trascender el modelo capitalista, el verdadero socialismo”. A partir de entonces el desafío sería la construcción del socialismo del siglo XXI. Y la consigna retomaba la voz de Rosa Luxemburgo, Socialismo o barbarie. La parábola de los 90, del derrumbe y la desmoralización, culminaba. En su lugar reaparecía la bandera del socialismo. En Caracas, en el VI Foro Social Mundial, en un encuentro con movimientos antiimperialistas, Chávez enfatizó la urgencia por conformar un frente antiimperialista mundial.
En este cuadro latinoamericano, se consumaría la parábola de cooptación del Foro de São Paulo por fuerzas reformistas, negando su vigor originario. La cita en San Pablo en 2005 fue un punto de inflexión. El tema central “La integración de los pueblos y naciones de América Latina” incorporó a la reunión a la red de emprendimientos de micro y pequeños empresarios. El texto exaltaba la gran colaboración de esa Red para el proceso de integración en América Latina y su contribución a los avances de los movimientos progresistas y de izquierda y promovía la inclusión de un taller de empresarios. La definición se correspondía con la situación interna del PT, que iniciaba la desagregación de importantes corrientes y personalidades. En diciembre de 2005, el Primer Encuentro Regional del Cono Sur en Montevideo tuvo lugar con el Frente Amplio en el gobierno. A poco andar, estallaría un virulento debate en las fuerzas revolucionarias del FA ante el curso seguido por la gestión de Tabaré Vázquez.
El eje de la confrontación con el imperialismo y la ratificación del socialismo tenía otro epicentro. Las figuras de Fidel como continuidad de las ideas del marxismo y la Revolución, de Hugo Chávez como motor político de la transición hacia el socialismo del siglo XXI y Evo Morales como síntesis de la unidad social y político de obreros, campesino e indígenas, configuran la perspectiva de una nueva oportunidad histórica. Ese fue uno de los mensajes de Fidel en el acto de masas realizado junto al presidente venezolano en la Ciudad Universitaria en Córdoba, el 21 de julio de este año, luego de las sesiones del nuevo Mercosur. Por su parte, Chávez se proyecta en el plano internacional, con la determinación antiimperialista y por el socialismo. En días se dirime la posibilidad de ser elegido para ocupar una banca permanente en el Consejo Nacional de las Naciones Unidas en el bienio 2007-2008. Otra pieza ha ingresado en el tablero continental, en México se inaugura luego del fraude electoral en los comicios a presidente, una fase de resistencia civil y de inestabilidad ante la desestructuración del sistema político.
Estados Unidos acaba de sufrir otro revés en Líbano, con la derrota militar de Israel y el ahondamiento de su desprestigio en la opinión mundial. La reacción será equivalente a la magnitud de lo que está en juego. Impedir la guerra imperialista es una tarea de la hora. En La Habana, entre el 11 y 16 de septiembre el Movimiento de No alineados discutió acerca de la situación mundial.
A quince años de la aparición de Crítica de Nuestro Tiempo, la lucha de clases afronta otro punto de partida.

(1).- La reaparición de la crisis del capitalismo a escala mundial como factor dominante en el último cuarto del siglo XX, en un momento histórico en el cual el capital ha tenido la iniciativa estratégica en todos los continentes, la lucha interimperialista por el control de los mercados se ha manifestado a través de un conjunto de contradicciones que atraviesan las relaciones mundiales:
# La pugna de los grandes centros del capital por el control de los mercados y por la succión de la plusvalía universal. Eventualmente esta pugna puede llevar a situaciones bélicas
# Confrontación de las burguesías imperialistas con sus propios pueblos, con sus trabajadores, con sus masas oprimidas, aplastadas, desocupadas, marginalizadas.
# Confrontación de las burguesías imperialistas aliadas con las burguesías de los países del Tercer Mundo, contra los pueblos de ese Tercer Mundo y contra sus trabajadores.
# Choque de las burguesías imperialistas contra los países del Tercer Mundo como tales, es decir, incluidos sectores significativos de sus clases dominantes.

(2).- China: Reforma y apertura, Informes, documentos, discursos. Ed. Política, La Habana, 1990.
(3).- Las ediciones de Crítica de Nuestro tiempo contienen el análisis completo de los Foros en su desarrollo.
(4).- La izquierda latinoamericana frente a la crisis mundial, Luis Bilbao, Búsqueda Editora, 1990
(5).- Crítica Nº 32: Teoría y Práctica del Frente Único Antiimperialista; Luis Bilbao, Octubre 2005 - Marzo 2006.

 
 

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